A lo largo del Antiguo Testamento, el nombre de Efraín suele referirse a las diez tribus que conforman el Reino del Norte de Israel, y no solamente a la única tribu que lleva el nombre del hijo de José (Ezequiel 37:16; Oseas 5:3). El Reino del Norte, también llamado "Israel", fue llevado cautivo por los asirios en el 722 a.C. (Jeremías 7). El Reino del Sur, también conocido como Judá, fue conquistado por los babilonios casi 140 años después (586 a.C.).
Gracias a la tribu de Efraín (y a las demás tribus) aprendemos acerca de nuestra esencia humana, de quiénes somos como personas. La historia de los primeros israelitas refleja nuestra naturaleza universalmente imperfecta y pecaminosa. Como dice el libro de Romanos, "Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios" (Romanos 3:23).
Existen varios eventos específicos sobre la tribu de Efraín de los cuales podemos aprender. Si bien Dios dio a la tribu la capacidad de ser guerreros y valientes luchadores (1 Crónicas 12:30), Efraín no obedeció la orden de Dios de expulsar a los cananeos de la Tierra Prometida (Éxodo 23:23-25; Jueces 1:29; Josué 16:10).
Durante la época de los jueces, los efraimitas se enojaron con Gedeón porque en un principio no les había pedido ayuda para luchar contra los madianitas (Jueces 8:1). Gedeón, sabiamente, mostró su gentileza y exaltó el compromiso y la voluntad de la tribu para servir al Señor, y de esta manera se calmó lo que pudo haberse convertido en un problema desagradable (Jueces 8:2-3).
Sin embargo, la situación se complicó después, y una vez más está relacionada con el orgullo, los celos y el egocentrismo de Efraín. Cuando Jefté decidió luchar (y derrotar) a los amonitas sin la ayuda de los soberbios guerreros de Efraín, se produjo una guerra civil y murieron 42.000 guerreros de Efraín. Como Jesús dijo en Su Sermón del Monte, debemos buscar primero el reino de Dios (Mateo 6:33). No hay que buscar la gloria para uno mismo; todo el honor y la gloria siempre pertenecen a Dios, no al hombre.
Muchas veces, Dios decide usarnos de una manera que no es tan espectacular ni llamativa como quisiéramos. ¿Nos quejamos? ¿Deseamos la gloria? ¿Controlamos nuestro orgullo y nuestros celos y aceptamos la voluntad de Dios? Muchos de nosotros, al igual que los efraimitas, tenemos dificultades para aprender bien esas lecciones. Dios dice que debemos aceptar como Su voluntad todo lo que nos pasa, sin importar qué tan buenas o malas parezcan esas cosas (1 Tesalonicenses 5:16-18).
Otras lecciones de Efraín terminan de completar el cuadro de la amplia variedad de comportamientos humanos. Vemos que Efraín se aleja de Dios y hace cosas malas (Isaías 28:1-3), pero también vemos que la tribu reconoce la necesidad de arrepentirse y obedecer al seguir las instrucciones del profeta Oded (2 Crónicas 28:12).
La lección más importante de la historia de Efraín es que Dios nos ama como el Padre Perfecto a pesar de nuestros errores. Es paciente y misericordioso mucho más allá de lo que podemos entender. Escucha nuestro clamor de angustia, nos disciplina y guía, conoce el momento en que nos arrepentimos y desea que estemos en perfecta comunión con Él (Jeremías 30:22; 31:18-20).
El nieto de Jacob, que da nombre a la tribu, nació en Egipto de José y su esposa, Asenat, hija del sacerdote Potifera. José llamó a su primogénito "Manasés" porque dijo: "Dios me hizo olvidar todo mi trabajo, y toda la casa de mi padre" (Génesis 41:51).
Esta tribu nos da muchas lecciones; las principales son los temas del libre albedrío, la obediencia, la fe y la naturaleza de Dios.
Al principio, aprendemos que a Manasés por lo general se le conoce como la "media tribu" de Manasés. Esta denominación resalta la decisión de algunos miembros de la tribu de vivir al este del río Jordán (Números 32:33; Josué 13:29-31). Ellos creían que Transjordania tenía el terreno más apropiado para criar sus rebaños. El resto de la tribu se estableció al oeste del Jordán, en Canaán, siguiendo la orden de Josué de entrar y poseer la Tierra Prometida. Como resulta evidente a lo largo de la Escritura, Dios da a sus hijos la libertad de decidir.
El uso del libre albedrío puede llevar a resultados no deseados o incluso desastrosos, sobre todo si desobedecemos a Dios o tomamos decisiones egoístas. Manasés aprendió esta lección -dolorosamente- al no obedecer la orden de Dios de destruir a los cananeos. Parte de su fracaso fue por su falta de fe en que Dios les daría fuerzas para vencer a un enemigo que parecía invencible. Manasés también es un ejemplo de otros defectos humanos, como la avaricia y la codicia. La (media) tribu de Manasés quería más tierra porque era "un pueblo numeroso". Tal vez tenían el número, pero no quisieron obedecer la orden de Josué de despejar "la tierra de los ferezeos y de los refaítas" (Josué 17:12-18).
Por otra parte, la tribu de Manasés demuestra su fidelidad a Dios en algunos casos. Gedeón, que más adelante se convertiría en uno de los mejores jueces de Israel, cuestionó a Dios cuando fue llamado a salvar “a Israel de la mano de Madián". Una de sus objeciones fue: "mi familia es pobre en Manasés, y yo el menor en la casa de mi padre" (Jueces 6:15). Gedeón exigió pruebas de Dios—dos veces—para poder actuar (Jueces 6:36-40). Luego de ser convencido de la voluntad de Dios, Gedeón avanzó con 32.000 soldados para conquistar a los madianitas. Pero después Dios le dijo a Gedeón que tenía muchos soldados para el trabajo, y Dios bajó el número de sus tropas a sólo 300 hombres. Siguiendo las órdenes de Dios, esta insignificante fuerza venció al enemigo. La batalla fue una prueba de que Dios estaba con Gedeón y la media tribu de Manasés.
También aparecen otras lecciones interesantes. Una de ellas es que Dios es justo. Zelofehad, tataranieto de Manasés, no tuvo hijos y murió en el desierto antes de entrar en la Tierra Prometida. Sus hijas pidieron a Moisés que cambiara el sistema de herencia masculina para que ellas pudieran recibir los bienes de su difunto padre. Tras consultar con el Señor, Moisés aceptó y estableció reglas para que los bienes permanecieran en la familia (Números 27:1-11).