A la edad de cinco años, los pequeños empezaban su rigurosa formación en lugares conocidos como “casa del libro” y esta duraba hasta los diez años. Allí el niño continua su aprendizaje que incluía memorizar porciones del Torá específicamente los libros pentateucos. Las niñas recibían educación de la Tora, pero no tan profunda como los varones. Solo unas muy pocas chicas recibían dicha instrucción. Las mujeres mayormente eran instruidas en oficios del hogar, cuestiones de parto, y medicinas.
Al cumplir los diez años aproximadamente los maestros decidían quienes estaban preparados para continuar su educación, mientras que los demás, debían volver a la profesión de sus padres. Entre los diez y los quince años los jóvenes que quedaban estudiaban la Ley a mayor profundidad. Finalizando los catorce años nuevamente los maestros elegían unos pocos para continuar con su educación. Solo aquellos que ellos consideraban brillantes eran elegidos. Los demás eran enviados a sus casas nuevamente a realizar el trabajo de la familia.
Aquellos chicos que eran seleccionados para continuar sus estudios se consideraban privilegiados ya que ser un Rabí en esos tiempos era la posición más alta y prestigiosa en esa cultura. Tan respetada que aun los Romanos los reconocían como personas de influencia.
De los quince años en adelante estos jóvenes ya se convertirían en discípulos de los maestros que los eligiesen. En este proceso ellos iban a aprender todo acerca de libro levítico, los profetas, y demás escrituras. Las palabras usadas al ser aceptados eran: “ Ven, y Sígueme”. Justo en ese momento se volvían discípulos y devotos del líder religioso que lo selecciono y de quienes aprenderían no solo de sus conocimientos sino, de su estilo de vida.
Cabe entender, que aquellos que habían sido rechazados no se consideraban muy listos que digamos. En muchos lugares de las escrituras Jesús fue llamado Rabí, y Maestro demostrando de esa manera su nivel de educación. Pero, a diferencia de los demás maestros de su época su asignación venia directamente del cielo para cumplir el propósito de aquel que lo envió.
Cuando llegó su hora, Jesús salió en búsqueda de sus discípulos, pero no como los demás maestros, él fue a buscarlos fuera de las sinagogas. El buscó a aquellos que fueron inicialmente rechazados, aquellos que no calificaron, aquellos que no fueron lo suficientemente buenos para ser instruidos por los fariseos y saduceos. Todos los Rabí eran reconocidos visualmente, ya que se distinguían por su forma de vestir, caminar y hablar. Y Jesús no fue la excepción. Al Jesús invitar a Pedro, Juan, y demás discípulos y hacerles el llamado de: “Ven y Sígueme”, toco lo más profundo de sus corazones al sentirse reconocidos, no habiendo sido pasados por alto como ya habían experimentado. Ellos al escuchar esas palabras no dudaron en seguirlo ya que sabían lo que implicaba: convertirse en un Rabi. Lo que no sabían es que habían aceptado el llamado del mismo hijo de Dios, el Mesías a quien ansiosamente estaban esperando según la profecía.
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